Siempre me ha fascinado la forma de vida monástica y las prácticas derivadas de ella. Tenéis que perdonar la extensión de este artículo, a través del cual deseo ofrecer una visión coherente de la vía contemplativa en el ámbito secular, en pleno siglo XXI.
La tradición de la meditación y la práctica contemplativa en el ámbito cristiano aparece, por ejemplo, en los Hechos de los Apóstoles, donde leemos que el diácono Felipe tenía cinco hijas y que ellas se dedicaban completamente a la oración y la meditación. También se nos dice también que Pedro y Pablo a menudo oraban y meditaban. Hay docenas de referencias en las Escrituras.
Alrededor del año 300 después de Cristo “los padres del desierto” consolidan el monaquismo contemplativo. Esto ocurrió simultáneamente en varios países del Medio Oriente; en Siria, en Palestina y especialmente en Egipto. De esta forma la práctica de oración y meditación se consolidan y pasan a ser la vía a la contemplación.
La quietud interior ("apatheia") es el requisito fundamental para que la meditación y la contemplación nos conecten con la vida espiritual. Los primeros monjes lo llamaron “mente silenciosa” o “pureza de corazón”. Por ejemplo, Juan Casiano, una de las figuras más prominentes en la tradición occidental, usa este término, así como Benito de Nursia, llamado el “Padre del monasticismo occidental”.
Cada ejercicio o práctica que uno hace en oración o meditación, ya sea cantando o recitando oraciones, están dirigidas a crear un silencio interior, una tranquilidad interna que nos pone en el mismo estado, en la misma condición que experimentó el Profeta Elías en la cueva, cuando “sintió pasar por delante la brisa de Dios”. En el silencio podemos ver a Dios cara a cara, como Elías. Esta "apatheia" está más allá del pensamiento, más allá de toda descripción... Va más allá de la imaginación, de la emoción. Simplemente estamos en Su presencia.
"Thomas Merton, un monje del siglo XX"
Este monje cisterciense de la Abadía estadounidense de Gethsemani, ganador del premio Pulitzer con su obra clásica “La montaña de los siete círculos”, falleció en 1968, en Bangkok, con motivo de un viaje a Asia para participar en un encuentro intermonástico. Es quizá quien mejor ha sabido traducir al lenguaje moderno los temas fundamentales de la vida monástica y de la vida espiritual cristiana, a la vez que supo integrar en su vocación monástica un fructífero diálogo con el “mundo”.
Los escritos de Merton han sido un pilar en mi vida que me ayudaron a reconectar con el “silencio interior” haciendo que durante mis estudios teológicos fuese entrando poco a poco en la práctica del “monasticismo secular”.
"Monjes seculares"
En los últimos años se ha ido consolidando una corriente cristiana que nos ofrece descubrir la vía contemplativa en medio de la actividad secular. Ha contribuido a revitalizar el interés por el desarrollo contemplativo. Hay un renacer de nuevas comunidades contemplativas insertadas en medio de la vida cotidiana, con formas y costumbres que, aunque inspiradas en las reglas y prácticas de benedictinos y cartujos, permite una vida contemplativa más fluida y desahogada (y mucho más atractiva para los jóvenes de hoy) en medio de la vida y quehaceres cotidianos.
Muchos monjes y monjas que viven en monasterios, así como “monjes seculares”, en su vida sencilla y comprometida, siguen cantando en sus himnos del oficio vespertino esta estrofa maravillosa, que define muy bien lo que es la vía contemplativa:
"Dichoso el fascinado por tu rostro, Señor Jesús,
y cuyo amor en todo vio la huella de tu imagen.
Dichoso el despojado por presencia: Tú le invadiste,
asido a Ti te deja ver su vida en transparencia.
Viviente icono de tu misterio en el camino:
dichoso aquel, Señor Jesús, que pasa
en tus manos contigo al Padre".
Estos monjes seculares llevan una vida sencilla. En sus hogares se puede experimentar el silencio y la oración. Apenas ven la televisión, por ejemplo, y en sus trabajos practican la Presencia de Dios en sus corazones, mirando el mundo y su mismo trabajo con los ojos de la caridad y del amor cristianos.
Independientemente de los ingresos que tengan han hecho de la frugalidad una de las virtudes principales. Veamos una aproximación a su definición: “Frugalidad es la cualidad de ser ahorrativo, próspero, prudente y económico en el uso de recursos consumibles (como la comida o el agua), así como optimizar el uso del tiempo y el dinero para evitar el desperdicio, el derroche y la extravagancia”.
La frugalidad nos sensibiliza con aquellos que menos tienen y a su vez posibilita que podamos dar aquello que ahorramos (caridad) a aquellos que de verdad lo necesitan.
La frugalidad es un antídoto contra el veneno de la codicia y la desmesura.
Vivir como monjes seculares, en familia o en soledad, está al alcance de todos los que han sentido la llamada a la Vida Contemplativa sin necesidad de abandonar la familia, el trabajo o la vida en sociedad.
Un monje urbano se llena de la plenitud del Señor con cada amanecer o anochecer, con las oraciones en el silencio de su corazón, con el ciclo de la vida diaria. Ha aprendido a “vaciarse” de apegos y egoísmo ("kénosis") para ver la vida con los ojos compasivos de Cristo (Jesucristo "se vació a sí mismo": heauton ekénosen) y a amar al prójimo como a uno mismo.
Y que mejor colofón que esta descripción del monaquismo urbano que nos ofrece una pequeña comunidad de “monjes seculares” ubicada en Sevilla:
“Somos monjes urbanos que vivimos en la ciudad, en nuestros hogares, solitarios o en comunidad. Intentamos mediante la oración, la meditación y la contemplación vivir y seguir la voluntad del Señor. Practicamos la Presencia de Dios en todo momento, ya sea en la quietud de nuestro hogar, que se convierte para nosotros en monasterio, como en medio de nuestras labores cotidianas”. #Monasticismo #Monacato #Contemplación#Oración #Meditación #MonjesSeculares #MonjesUrbanos #JuanCasiano#PadresDelDesierto #LectioDivina
TEMPLO: c/ Travesía de Vigo, 77 - bajo. 36206 VIGO (Pontevedra) - ESPAÑA (Parroquia adscrita a la Iglesia Española Reformada Episcopal - IERE. Obispo Diocesano: Rvdmo. D. +Carlos López Lozano).
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domingo, 7 de agosto de 2016
domingo, 9 de diciembre de 2012
EL SILENCIO: UN CAMINO PARA ESCUCHAR A DIOS
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| Ermita "Santiaguiño do Monte" (Padrón, Galicia) |
La primera vez que visité un monasterio ortodoxo fue en 1977, en Zagreb, en la desaparecida Yugoslavia. Años más tarde me ordené sacerdote en el Patriarcado de Serbia y en la actualidad, como ya sabéis, soy presbítero en la IERE (Comunión Anglicana). Pero lo que más me impresionó en ese primer contacto con la vida monástica fue el silencio que lo llenaba todo, aquietando las agitadas aguas de mi mente. Ese silencio fue el elemento que catalizó la llamada espiritual y puso a madurar mi fe.
Vivir el silencio amplía nuestra capacidad de atención contemplativa de forma casi inmediata. Defender el silencio en las sociedades industrializadas de hoy es casi una acción "contracultural". Parece como si no pudiésemos vivir sin el televisor encendido, el móvil (celular) pegado a la oreja o el MP3-Ipod y similares resonando todo el día a elevados decibelios.
El silencio, en su quietud, limpia y serena la mente, nos predispone para la oración y nos hace más "conscientes". Nos conecta perceptivamente con todo lo que nos rodea de una forma más real y plena. En el silencio late el Corazón de Dios.
Busca un momento del día para vivir el silencio. Procura reducir el "ruido" en tu vida. Todos podemos convertirnos en "monjes urbanos" y aprender a vivir la inefable experiencia del silencio.
El teólogo N. Caballero ha escrito muy acertadamente: "El problemas del hombre no religioso es esencialmente un problema de ruido”.
V. Frankl cree que la presencia latente de Dios en lo profundo de muchas personas ha quedado reprimida por el exceso de ruido en sus vidas. Hoy todo favorece más que nunca el riesgo de ese cristianismo sin "interioridad silenciosa" que Marcel Legaut ha llamado “la epidermis de la fe” ( M. LEGAUT: "Convertirse en discípulo". Cuadernos de la Diáspora).
La ausencia de silencio ante Dios, la falta de escucha interior, el descuido de la atención silenciosa al Espíritu Santo, están llevando a la Iglesia a una “mediocridad espiritual” generalizada, como asegura el teólogo católico-romano K. Rahner. Y lo mismo ocurre con nuestros hermanos en la fe: No sabemos escucharles, solo estamos pendientes de nuestra voces, ni siquiera del mensaje mismo.
En las iglesias cristianas hay sin duda mucho tesón, trabajo pastoral, servicio, himnos... pero, con frecuencia, se trabaja con una falta alarmante de “atención a lo interior”, buscando resultados a corto plazo, como si no existiera el "misterio o la gracia".
La Reforma ha devuelto la importancia central y la praxis original a la celebración litúrgica, pero no es suficiente para “sentir y gustar de las cosas internamente”, como aconsejaba Ignacio de Loyola.
En las formas post-conciliares de la ICR también se ha intentado avanzar en ese sentido, pero cayendo, a mi juicio, en el mismo error.
"Se canta con los labios, pero el corazón está ausente; se oye la lectura bíblica pero no se escucha la voz de Dios; se responde puntualmente al que preside, pero no se levanta el corazón para la alabanza; se recibe la comunión, pero no se produce comunicación viva con el Señor" (José A. Pagola).
Deberíamos reflexionar todos, clero y laicos cristianos, lo que recomienda con sana y lúcida crítica Agustín de Hipona: "¿Por qué gustas tanto de hablar y tan poco de escuchar? El que enseña de verdad está dentro; en cambio, cuando tú tratas de enseñar, te sales de ti mismo y andas por fuera. Escucha primero Al que habla por dentro, y, desde dentro, habla después a los de afuera”.
Y eso solo se consigue viviendo el silencio. En él se deja oir el Verbo.
Este tiempo de Adviento nos invita a vivir en silencio el Nacimiento de Nuestro Señor. Como escribió nuestro obispo D. Carlos, a estar "atentos y vigilantes".
Debemos buscar a lo largo del día nuestro espacio interior silencioso. Dejarnos envolver por él para que Él "afine" nuestra percepción para escucharle. Y oremos entonces, ungidos por el silencio y mansos de corazón.
lunes, 8 de octubre de 2012
DAR UN SENTIDO A LA ORACIÓN
La primera norma que el Señor
enseña a sus discípulos es que tienen que tener un lugar secreto para la
oración; cada uno tiene que buscar algún lugar solitario donde pueda estar a
solas con su Dios. La completa separación de todo lo que nos rodea nos ayudará
a que nuestro espíritu llegue a ponerse en contacto con el Él...Y así
somos enseñados en la oración eficaz.
En Marcos 11:25 el mismo Jesús
enseñó: "y cuando estuviereis orando, perdonad, si tenéis algo contra
alguno, para que vuestro Padre que estás en los cielos os perdone a vosotros
vuestras ofensas". Estas palabras siguen inmediatamente después de la gran
promesa con respecto a la oración en el versículo 24: "Y todo lo
que pidiereis orando creed que lo recibiréis, y os vendrá" y las palabras
que preceden a esta promesa son: "tened fe en Dios…" esto nos
enseña que en la oración todo depende de que nuestra relación con Dios sea una
relación clara, estas palabras que le siguen nos recuerdan que nuestra relación
con nuestros semejantes tiene que ser clara también. La Reverenda S. Luna nos dice muy sabiamente: “La oración eficaz de un creyente
proviene de una vida entregada a la voluntad y el amor de Dios. No según
aquello que me esfuerzo para ser cuando estoy orando, sino según aquello que
soy cuando no estoy orando”.
Palabras
inspiradas por el Espíritu Santo, sin duda alguna.
PARROQUIA ANGLICANA DEL PODEROSO
SALVADOR (VIGO).
(IGLESIA ESPAÑOLA REFORMADA EPISCOPAL - COMUNIÓN ANGLICANA)
Reparto de ropa y alimentos:
Domingos 10:30 a 11:00 h.
Oficio de Santa Comunión: Domingo
14 de octubre, a las 11:00 h.
C/ Bolivia, 34 - bajo derecha.
36204 VIGO (ESPAÑA).
| Parroquia del Poderoso Salvador (Vigo) |
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